
Existe un lugar en la tierra que sólo el sol, la luna, alguna que otra estrella curiosa y yo conocemos. Es un lugar mágico, donde el pasto es tan suave como el terciopelo, el agua se niega a correr porque prefiere fluir, y las agujas del reloj se niegan a girar porque la hora nunca importa, donde la brisa huele a puerto de mar, donde los juncos crecen gigantes en una pequeña laguna de agua clara entre dos montañas, donde árboles jóvenes y viejos se juntan para discutir con el viento, y grandes peces saltan a comer algún insecto distraído, donde patos salvajes de color desconocido y aves sin nombre tienen su hogar, mi lugar solitario, romántico, donde sólo yo puedo cambiar el paisaje, para inundarlo de risas, conversaciones profundas, algunas no tanto, llanto, sueños y proyectos, donde puedo estar tranquilo y encontrar, simplemente, calma.
Jamás podré explicar donde queda este maravilloso lugar, los puntos cardinales no entienden de sentimientos. Es algo parecido a estar enamorado, un sitio imposible de encontrar, por donde la gente pasa a manadas, pero no pueden verlo, no sé porque, quizás sea porque su alma no es más que una mera circuitería interna, y ven el mundo de otra forma, o simplemente están acostumbrados al asfalto.
Hoy, cuando el verano agoniza y los días empiezan a ser fríos, he decidido abandonar ese lugar. El sol calló temprano, y ahora, algo oscurecido por la lluvia, ese sitio queda tras mi espalda. La charca se congeló y los árboles perdieron sus hojas, la brisa de mar ha muerto, el sol se cambió por cubitos de hielo y las estrellas ya no quieren cubrir un cielo negro y vacío de ilusión. Hoy, sin retroceso, comienza una nueva vida para mí. Será imposible olvidar algo así, y puede que algún día, descubra otra puerta que me conduzca a este paraíso. Punto final.
Me quedan mis recuerdos y mi guitarra.
Jamás podré explicar donde queda este maravilloso lugar, los puntos cardinales no entienden de sentimientos. Es algo parecido a estar enamorado, un sitio imposible de encontrar, por donde la gente pasa a manadas, pero no pueden verlo, no sé porque, quizás sea porque su alma no es más que una mera circuitería interna, y ven el mundo de otra forma, o simplemente están acostumbrados al asfalto.
Hoy, cuando el verano agoniza y los días empiezan a ser fríos, he decidido abandonar ese lugar. El sol calló temprano, y ahora, algo oscurecido por la lluvia, ese sitio queda tras mi espalda. La charca se congeló y los árboles perdieron sus hojas, la brisa de mar ha muerto, el sol se cambió por cubitos de hielo y las estrellas ya no quieren cubrir un cielo negro y vacío de ilusión. Hoy, sin retroceso, comienza una nueva vida para mí. Será imposible olvidar algo así, y puede que algún día, descubra otra puerta que me conduzca a este paraíso. Punto final.
Me quedan mis recuerdos y mi guitarra.
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