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Cada viernes, Domingo discutía con su sillón acerca de la mejor manera de afrontar el fin de semana. Los planes siempre eran los mismos, pero Domingo se resignaba en virtud de hacerle compañía a su viejo televisor. Era un hombre que vivía queriéndolo todo pero que no tenía nada. Su corazón estaba a punto de caducar, caducar por esperar igual que lo hacen los yogures en la nevera, helados y rodeados de escarcha, polvorientos, alumbrados por la más densa oscuridad imaginable, impacientes a que una mano cálida abra la nevera, la luz se encienda, y unos labios se endulcen con su sabor. Absurdos.
Puede que su caducidad le llegase tan pronto por no haber sido muy dulce o de macedonia, o por no estar cubierto de caramelo como los flanes de vainilla. Le gustaban las tardes de otoño frías y grises, la lluvia a través del cristal, y las conversaciones que el viento mantenía con las ventanas en sus días tocayos.
Los sueños de Domingo ya no le importaban a nadie, y hasta a él mismo le daban igual. Cambió un papel principal en una guerra divertida por un papel protagonista en una jaula de metal y la brisa fresca del océano por el aire caliente de sus radiadores. Porque había cosas que seguían ardiendo y cenizas que no se terminaban de apagar. Domingo estaba perdido y olvidado.
Su único refugio era su cama, donde cada noche, a las doce, le contaba sus pensamientos, durante largas horas, a su amigo el techo de su habitación, que cada vez parecía estar más arrugado.
Sí, a las doce, como en los cuentos, a Domingo se le terminaba el tiempo a la vez que cualquier Cenicienta se marchaba de un baile.
Puede que su caducidad le llegase tan pronto por no haber sido muy dulce o de macedonia, o por no estar cubierto de caramelo como los flanes de vainilla. Le gustaban las tardes de otoño frías y grises, la lluvia a través del cristal, y las conversaciones que el viento mantenía con las ventanas en sus días tocayos.
Los sueños de Domingo ya no le importaban a nadie, y hasta a él mismo le daban igual. Cambió un papel principal en una guerra divertida por un papel protagonista en una jaula de metal y la brisa fresca del océano por el aire caliente de sus radiadores. Porque había cosas que seguían ardiendo y cenizas que no se terminaban de apagar. Domingo estaba perdido y olvidado.
Su único refugio era su cama, donde cada noche, a las doce, le contaba sus pensamientos, durante largas horas, a su amigo el techo de su habitación, que cada vez parecía estar más arrugado.
Sí, a las doce, como en los cuentos, a Domingo se le terminaba el tiempo a la vez que cualquier Cenicienta se marchaba de un baile.

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